
Síntomas del Miedo
Historias de Terror, Relatos de terror reales sobre niños fantasmas, brujería en pueblos de México, apariciones espeluznantes y espejos malditos. Este video presenta historias aterradoras narradas con suspenso y realismo. Prepárate para escuchar relatos paranormales que te dejarán sin aliento. Historias reales que no podrás olvidar.
🕯️ Bienvenidos a Síntomas del Miedo, donde cada historia fue vivida o enviada por suscriptores. Este episodio especial incluye 3 relatos que han impactado a nuestra comunidad: ¿Estás listo para adentrarte en los rincones más oscuros del miedo? Ponte audífonos, apaga la luz… y escucha con atención.
🧒 RELATO 1: El Niño del Espejo (Guanajuato) Miguel nos comparte una historia aterradora que marcó su infancia. Un espejo antiguo, una figura con ojos vacíos, y una conexión que traspasa generaciones. Años después, su hija comienza a ver al mismo niño… pero él ya no pertenece a este mundo.
🚻 RELATO 2: El Niño del Baño (Oaxaca) Julia, maestra jubilada, nos cuenta lo que vivió en una escuela rural: llantos en los baños, huellas mojadas, y un ojo negro que la observó a través de una rendija. Aunque renunció, el niño aún sigue ahí… esperando.
🐔 RELATO 3: Brujería en la Sierra (Durango) José Luis, jornalero, narra una noche espantosa donde una gallina negra flotaba en el aire. Lo que parecía un animal, se transformó en una bruja con dientes negros y mirada de odio. Lo que sucedió después te congelará la sangre.
👂 Todos los relatos han sido enviados por seguidores del canal y narrados con total respeto por los hechos vividos.
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00:00 Intro
00:45 El niño del espejo
17:57 El niño del baño
40:42 Brujería en la sierra relatos de terror reales historias de terror 2025
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Podcast
• Relatos de la Noche para Infectados
RELATO 1: El niño del espejo
Enviado por Miguel Hernández, suscriptor del canal “Síntomas del Miedo”
NARRADOR (EDGAR o GENARO):
Este relato fue enviado por Miguel Hernández, seguidor del canal.
Nos escribió desde Guanajuato, y su historia tiene que ver con un espejo…
uno que su abuela tuvo por más de treinta años.
Un espejo antiguo, de marco de madera oscura, tallado a mano.
De esos que parecen tener memoria.
Y que, según él, cambió su vida… y la de su familia para siempre.
Miguel creció en casa de su abuela Rosa, una mujer severa pero amorosa.
Viuda desde joven, vivía en una casona antigua de dos pisos,
con techos altos, piso de madera, y un aire que siempre olía a humedad…
aunque jamás lloviera.
En el cuarto de su abuela había un espejo grande, apoyado sobre una cómoda.
Desde que tenía uso de razón, Miguel le tenía miedo.
No era un miedo lógico.
Era una incomodidad.
Una sensación de que el espejo miraba más de lo que mostraba.
La abuela siempre lo cubría con una manta blanca antes de dormir.
Y nunca dejaba que alguien se reflejara en él si estaba solo.
—Los espejos son puertas —le dijo una vez—. No todos, pero algunos.
Y este… mejor dejarlo quieto.
Cuando Miguel cumplió 12 años, su abuela cayó enferma.
Estuvo en cama durante semanas.
Una noche, mientras su madre cuidaba de ella,
Miguel se quedó dormido en el sofá.
Despertó a las 3:17 de la madrugada.
Sintió frío.
Y entonces lo escuchó.
Un llanto.
No era su abuela.
Era más agudo.
Más… pequeño.
Venía desde el piso de arriba.
Del cuarto donde estaba el espejo.
Subió sin hacer ruido.
Abrió la puerta lentamente.
Y lo vio.
Un niño.
Sentado frente al espejo.
Con la espalda encorvada.
Llorando.
Tenía el cabello mojado, la ropa pegada al cuerpo…
como si acabara de salir de un pozo.
Miguel se quedó paralizado.
No entendía quién era.
No reconocía esa figura.
Pero entonces, el niño levantó la vista.
Y en vez de tener ojos…
tenía cavidades vacías.
Negras.
Húmedas.
El niño giró lentamente hacia él,
y con una voz apagada, casi inaudible, le dijo:
—Ya no quiero estar aquí.
Miguel gritó.
Corrió a buscar a su madre.
Pero cuando volvieron al cuarto, no había nadie.
Ni niño.
Ni llanto.
Solo el espejo.
Con una pequeña marca de humedad.
Y una huella, como de mano infantil, en la parte inferior del cristal.
La abuela murió tres días después.
Y en sus últimas palabras, dijo algo que nadie comprendió en ese momento:
—No lo dejen solo… él no sabe que ya no es de aquí.
Pasaron los años.
Miguel creció.
La casa fue vendida.
Pero el espejo…
siguió en la familia.
Lo conservó su madre, por respeto a la abuela.
Y entonces empezaron los sueños.
Primero fueron imágenes borrosas.
Después, más claras.
Siempre con un niño al borde de una cama.
Susurrando cosas que nadie entendía.
Hasta que la hija de Miguel, una niña de cinco años,
despertó una madrugada gritando.
Dijo que había un niño en su cuarto.
Que se había salido del espejo.
Y que quería jugar.
Pero que sus juegos eran “raros”.
Que le enseñaba cosas que le daban miedo.
Miguel no lo soportó más.
Llamó a un sacerdote.
El hombre llegó, examinó el espejo…
y simplemente dijo:
—Esto no es un objeto.
Esto es un vínculo.
Alguien está atrapado ahí.
Intentaron quemarlo.
Pero el fuego no lo tocó.
El espejo se llenó de ceniza…
pero no se quebró.
Ni se calentó.
Finalmente, Miguel lo enterró en el jardín de su actual casa.
Lo envolvió en mantas, lo selló con cadenas,
y lo cubrió con tierra.
Han pasado seis años.
Y desde entonces, cada 3 de julio,
a las 3:17 de la mañana,
se escucha un llanto bajo en el patio.
Como si alguien siguiera esperando…
frente a un espejo que ya no está.
GENARO (cerrando con tono grave):
Miguel termina su mensaje diciendo que no espera respuestas.
Solo necesitaba contarlo.
Porque el silencio —dice— es lo que más lo ata.
Y porque él cree… que el niño aún busca a alguien con quien reflejarse
RELATO 2: El niño del baño
Enviado por Julia Méndez, maestra de primaria retirada en Oaxaca
NARRADOR (EDGAR O GENARO):
Este relato nos llegó por correo electrónico, firmado por la señora Julia Méndez, jubilada hace más de diez años.
Fue maestra de primaria por más de tres décadas.
Nos escribió desde Oaxaca, para advertirnos de algo que —según ella— nadie ha querido creerle durante años.
Pero que recuerda…
como si hubiera ocurrido ayer.
Todo comenzó cuando la asignaron a una pequeña escuela rural a las afueras de un pueblo llamado San Pedro de la Cumbre.
Era 1997.
Una escuela construida en 1941, con estructuras de adobe, pisos de mosaico, y ventanas de hierro con rejas.
El aula de Julia quedaba al fondo, junto al módulo de baños de varones.
Un rincón sombrío que nadie quería usar.
Desde su primer día notó algo peculiar.
La escuela estaba bien cuidada, pero había algo en el ambiente…
una sensación de vacío.
Como si alguien te observara desde algún rincón, pero no pudieras localizarlo.
A los pocos días, los niños comenzaron a comportarse de forma extraña.
Pedir ir al baño se volvió raro.
Ya no querían ir solos.
Algunos aguantaban hasta la hora de salida.
Otros se orinaban en clase.
Julia pensó que era timidez…
hasta que una alumna llamada Tania, de segundo año,
salió gritando del baño de varones un martes por la mañana.
La pequeña estaba pálida, con lágrimas en los ojos.
—¡Hay un niño ahí! —decía—. ¡Está llorando! ¡No tiene zapatos!
Julia la calmó como pudo y fue a revisar.
Sabía que no debía haber ningún niño ahí, porque el recreo había terminado y las aulas estaban en sesión.
Pero entró igual.
El baño tenía cuatro cubículos y dos lavabos.
Nada.
Vacío.
Salvo por un detalle…
En el espejo de la esquina había una huella.
Pequeña.
Como de mano infantil, marcada con humedad.
Y en el suelo, unas pequeñas gotas de agua.
No había tuberías con fugas.
No había niños mojados ese día.
Pero el piso parecía llevar marcas de pasos…
hacia el último cubículo.
Julia regresó con Tania.
La niña no quería hablar más.
Solo repitió una frase mientras la abrazaban:
—Él no quería estar solo.
Pasaron las semanas.
Los reportes de los niños siguieron.
Se oía un llanto.
Un murmullo bajito.
A veces, cuando estaban en fila para entrar al salón, alguien señalaba hacia el baño y decía:
—Ahí está. ¿Lo ven?
Pero nadie veía nada.
Julia decidió comentarlo con la subdirectora, una mujer mayor que llevaba casi 40 años en la escuela.
Ella, en vez de reírse, suspiró.
Y le dijo algo inquietante:
—Ese baño ya lo habían clausurado en los ochenta.
Hubo un incidente con un niño.
Un alumno desapareció.
No tenía familia.
Lo encontraron ahí adentro, encerrado…
pero nunca respiró.
No quisieron hablar más del tema.
Julia insistió en cerrar el baño definitivamente,
pero la burocracia fue más fuerte.
El supervisor regional dijo que no podía clausurarse sin un incidente reciente.
Así que, a falta de una tragedia actual, el baño siguió abierto.
Hasta que Julia se quedó una noche.
Era jueves.
Estaba revisando exámenes en el aula.
Los pasillos vacíos crujían con el viento.
La luz temblaba, y el reloj del salón marcaba las 9:24 de la noche.
Sintió la necesidad de ir al baño.
No porque tuviera ganas, sino porque…
algo dentro de ella le decía que tenía que ir.
Cruzó el pasillo.
Abrió la puerta del baño.
Oscuridad.
El foco parpadeaba.
Y entonces lo oyó.
Un llanto.
Lento.
Doloroso.
Como si viniera desde una garganta desgarrada.
Un niño llorando…
pero con una tristeza que congelaba.
Julia tragó saliva.
Quiso creer que era su imaginación.
Pero el llanto seguía.
Se acercó al último cubículo.
Puso la mano sobre la puerta.
Y en ese momento…
¡la puerta se cerró de golpe!
Un golpe seco que retumbó por todo el edificio.
Se quedó inmóvil.
Y entonces…
una sombra se movió por debajo de la puerta.
Una silueta.
Pequeña.
Julia, con la voz quebrada, dijo:
—¿Hola? ¿Estás bien?
Silencio.
Y luego…
por la rendija,
un ojo se asomó.
Pero no era un ojo normal.
Era negro.
Vacío.
Sin luz.
Como si ya no perteneciera a algo humano.
Julia salió corriendo.
No miró atrás.
Casi tropezó por las escaleras.
Se encerró en la dirección.
Y no regresó a ese baño nunca más.
Al día siguiente, renunció.
Pero antes de irse, dejó una nota pegada con cinta en la puerta del baño.
Decía:
«No está solo. Pero tampoco quiere compañía.»
La escuela sigue en pie.
El baño sigue ahí.
Sellado con una tabla de madera.
Y los niños nuevos…
a veces preguntan por qué,
si por las noches se escucha llorar…
a alguien que nunca conocieron.
RELATO 3: Brujería en la sierra
Enviado por José Luis Rivas, jornalero de la región serrana de Durango
NARRADOR (GENARO o EDGAR):
Este testimonio nos lo envió José Luis Rivas, un jornalero que trabajó por más de quince años en la sierra de Durango.
Nos escribió desde el municipio de Tepehuanes,
«Si algún día ves una gallina negra al amanecer… no la sigas. Ni le hables. Ni la toques. Porque no es lo que parece.»
con una advertencia clara al final de su mensaje:
Lo que José vivió no tiene explicación lógica.
Y hasta la fecha, dice que todavía sueña con aquella noche…
aunque ya hayan pasado más de doce años.
José tenía 28 años en aquel entonces.
Había aceptado una jornada especial en una zona remota de la sierra:
una parcela abandonada que querían reactivar para cultivo.
La empresa mandó a cuatro hombres:
José, Eusebio —el mayor, con más de 60 años—,
Braulio —un tipo callado y supersticioso—,
y Toncho —el más joven, apenas 17 años, en su primer trabajo fuera del pueblo.
La cabaña donde se alojaban era improvisada:
láminas clavadas con alambre, piso de tierra, y un fogón en el centro.
Dormían en catres viejos, cubiertos con cobijas gruesas porque en la sierra,
el frío cala incluso en verano.
El primer día todo fue normal.
Trabajo duro, silencio natural, el murmullo constante del bosque.
Pero desde la primera madrugada, José notó algo.
Despertó poco antes del amanecer con un sonido extraño:
golpes suaves, secos, como si alguien picoteara la puerta de madera.
Pensó que era una rama arrastrada por el viento…
hasta que abrió los ojos.
Y ahí la vio.
Una gallina.
Negra.
Mirándolo desde el otro lado de la rendija de la cabaña.
Sus ojos brillaban con un tono rojizo.
Y tenía una de las patas vendada con un trapo viejo, manchado de sangre seca.
No dijo nada.
Solo observó.
La gallina no hacía nada más que mirarlo.
Y luego… desapareció entre los matorrales.
A la mañana siguiente, Eusebio amaneció cojeando.
Tenía una herida profunda en la pierna derecha.
—¿Te caíste? —le preguntó José.
—No… —respondió Eusebio—. Soñé algo raro.
Soñé con una mujer… una mujer desnuda que me seguía entre los árboles.
Me agarró y me mordió aquí —señaló su muslo—. Pero… fue un sueño, ¿no?
La herida estaba ahí.
Como una mordida.
Demasiado exacta para ser un accidente.
José no supo qué decir.
Esa noche, al llegar del campo, encendieron la fogata más grande.
El bosque estaba más callado de lo habitual.
Ni grillos.
Ni búhos.
Solo un viento helado que venía desde el norte.
José se quedó dormido con el machete bajo la manta.
Algo dentro de él le decía que necesitaba protegerse.
A las 3:41 de la madrugada, algo lo despertó.
No un ruido.
No un movimiento.
Sino una sensación.
Abrió los ojos.
Y la gallina negra estaba dentro de la cabaña.
Flotando.
A unos centímetros del suelo.
Sin moverse.
Sin aletear.
Solo… suspendida en el aire.
Observando a los cuatro hombres que dormían.
José no entendía cómo había entrado.
La puerta seguía cerrada.
El aire no se movía.
Quiso hablar.
Pero no pudo.
Su garganta estaba seca.
Solo alcanzó a sacar el cuchillo bajo su manta.
Y cuando la gallina lo miró directamente a los ojos…
vio algo.
Por una fracción de segundo…
el rostro de la gallina cambió.
Y en su lugar, vio el rostro deformado de una mujer.
Una mujer vieja.
De dientes negros.
Ojos sin párpados.
Y un odio absoluto en la mirada.
José se lanzó hacia ella.
Gritó.
Y apuñaló con todas sus fuerzas.
El chillido que salió no fue de ave.
Fue humano.
Fue…
una mujer gritando de dolor.
Todos los hombres despertaron.
Pero no vieron nada.
Solo a José en el suelo, con el cuchillo ensangrentado.
Y un olor espeso en el aire, como carne podrida.
A la mañana siguiente, bajaron al pueblo más cercano.
Querían alejarse, reportar la situación, y pedir un reemplazo para Eusebio.
Pero en el camino…
junto a un arroyo,
la vieron.
Una mujer.
Desnuda.
Con el cabello cubriéndole la cara.
Tirada entre las piedras.
Sangrando del costado.
Con una herida exacta…
donde José había apuñalado a la gallina.
Era Teresa, la hija de Remedios, una curandera muy conocida en los alrededores.
Una mujer de pocas palabras…
a quien todos llamaban “la del cerro”.
La llevaron al centro de salud.
Vivió.
Pero no volvió a hablar.
Solo se quedaba mirando al vacío.
Y a veces se tocaba la herida,
como si no entendiera por qué estaba ahí.
Braulio, el más viejo del grupo, no quiso regresar.
Toncho se fue sin cobrar.
Y Eusebio… desapareció meses después, en otro trabajo en Chihuahua.
José dejó de trabajar en la sierra.
Hoy vive en la ciudad.
Y asegura que, cada cierto tiempo,
ve a la gallina negra en sus sueños.
A veces lo observa desde una esquina.
Otras… camina entre los árboles.
Pero en todos los sueños…
ya no tiene ojos.
Solo cuencas vacías.
Y una sonrisa.
Una que no es de ave.
Ni de mujer.
Ni de algo que debiera estar en este mundo.






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